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Se dice que el Instituto era satánico. A escondidas, su hijo le contaba en las visitas
que los internos pasaban hambre, frío, falta de ropa, desnudez, torturas y garrotes.
El Instituto estaba a “media legua” de su casa y la visita era de media hora. Para
poder entrar de visita, la hacían que se quitara la ropa para revisarla. El Instituto
parecía limpio y a su hijo lo veía un médico porque tenía problemas del pecho.
Se acuerda de su hijo todos los domingos porque era el día en que iba a visitarlo y,
para poder llevarle algo, vendía cualquier cosa. Al momento de la declaración, su
concubino tenía 22 días de muerto. Asimismo, sufre de presión, asma y de insomnio,
y tiene “deseos de irse a su lado”. Su hijo la ayudaba con sus hermanos, “él era
como el papá”. Añadió que no olvidará jamás lo que le sucedió a su hijo porque lo
lleva grabado en su corazón y no hay nada que la pueda aliviar. Tiene siempre la
foto de su hijo en un marco en casa para no olvidarse nunca de él.
Solicitó al Tribunal “toda la ayuda posible”, ya que se encuentra sola con nueve hijos
y no quiere que tengan hambre ni necesidad. Quiere algo mejor para sus hijos para
que no les pase lo mismo que a su hijo Mario. Asimismo, quiere tranquilidad con el
cuerpo de su hijo, debido a que los cadáveres van a ser expulsados del cementerio y
no tiene dinero para pagar el panteón. Por tanto, solicitó que se haga un “panteón
para el cadáver de su hijo”. Finalmente, pidió justicia y saber la razón por la cual se
quemó el Instituto y por qué no salió libre su hijo.
71.
El 6 de abril de 2004 las representantes remitieron el testimonio de la señora
Silvia Portillo Martínez, en respuesta a lo dispuesto por el Presidente mediante
Resolución de 2 de marzo de 2004 (supra párr. 42). Dicha declaración no fue rendida
ante fedatario público (infra párr. 86). A continuación, la Corte hace un resumen de
las partes relevantes de ésta.
Testimonio de Silvia Portillo Martínez, madre de Raúl Esteban Portillo, ex
interno del Instituto
A las mujeres que visitaban a los internos del Instituto les hacían inspecciones
vaginales. A las muchachas jóvenes las examinaban porque llevaban marihuana a
sus novios. Lo mismo sucede en Itauguá. La comida que llevaban las visitas era
registrada y “desh[echa]”.
La testigo visitó a su hijo en el Instituto un día antes del incendio. El día del incendio
una persona llegó a casa de la testigo y le dijo que el Pabellón No. 8 del Instituto se
había quemado. Una hija fue a investigar lo sucedido y, cuando regresó, le dijo que
Raúl era el “que est[aba] peor”. Cuando la testigo fue al hospital, su hijo estaba
irreconocible, estaba “hecho un monstruo”. Un médico le tuvo que decir quién era
su hijo.
Cuando su hijo se quemó, ella “temía perder el juicio”. La familia tenía perdidas las
esperanzas y prácticamente vivían en el hospital, por lo que su casa “quedó a la
deriva”. Su hijo estuvo en terapia intermedia y sufrió una infección a causa de las
quemaduras, la cual “atraía moscas”. Como no tenía ventilador, la testigo acudió a
la radio Ñandutí para conseguir uno.
Varios de los muchachos que estaban en el hospital fueron muriendo. Ella, al igual