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que su familia, sentía temor, “se sentía traumada” y alterada de que su hijo tuviera
“un desenlace fatal”.
El hospital no contaba con equipo necesario para el
tratamiento, ya que apenas se estaba abriendo la unidad de quemados. Una doctora
preguntó por la familia Portillo y le dijo a un miembro de la familia que “se
preprar[an] porque iban a fallecer todos los […] que est[aban] hospitalizados porque
no había equipos.” Este miembro de la familia insistió al director que consiguiera los
equipos y fue ante la prensa a solicitar los aparatos para la terapia. Los aparatos
fueron llevados de Estados Unidos.
Sólo sobrevivieron dos de los internos
quemados, entre los que se encontraba su hijo Raúl. El otro sobreviviente, Raúl de
la Cruz, falleció dos meses después.
La testigo sufrió mucho en el hospital, hasta que “un día no podía más” y lloraba
permanentemente. En una ocasión, la testigo estaba resignada y “había visto
muerto” a su hijo. Por tanto, tuvo que ser hospitalizada. Un día la llamaron y le
preguntaron por sus hijos, pero estaba sola. Le dijeron que se preparara porque a
su hijo no le “llega[ban] los antibióticos a la parte donde t[enía] la infección […] de
pulmón” y, por tanto, ella debía “prepararse para la muerte [de su hijo]”.
Posteriormente, un especialista de otro país vio a su hijo, le recetó un antibiótico
caro y les dijo que si Raúl “llegaba a” la noche, sobreviviría.
Cuando su hijo salió del hospital, estuvo en casa “como un bebé”, ya que le tenían
que dar de comer debido a que él no podía “maneja[rse] solo”. Dos veces a la
semana su hijo iba al centro de quemados donde le hacían curaciones. Luego tuvo
una cirugía.
La testigo pidió a la Corte una cirugía “restauradora” o plástica para su hijo, con la
finalidad de que recupere la movilidad y alivie sus quemaduras. Asimismo, solicitó
que su hijo sea “rehabilitado en todas las secuelas, incluidas las respira[torias]”.
Además, le gustaría que su hijo estudiara porque no ha podido hacerlo y ella no tiene
medios. La testigo vive en una propiedad ajena y, por tanto, quiere una casa en un
lugar donde haya más posibilidades de encontrar trabajo.
72.
El 18 de abril de 2004 las representantes manifestaron que los testigos
Pedro Iván Peña y Raúl Esteban Portillo, “[no] asistir[ía]n a la […] audiencia”. El 26
de abril de 2004 las representantes, previa autorización de la Corte (supra párr. 48),
remitieron un video junto con las transcripciones de las declaraciones de Pedro Iván
Peña y Raúl Esteban Portillo. Dichas grabaciones y transcripciones no fueron
rendidas ante fedatario público35. A continuación, la Corte hace un resumen de las
partes relevantes de éstas.
a)
Testimonio de Pedro Iván Peña, ex interno del Instituto
Tenía 17 años cuando entró al Instituto. El Instituto era un infierno y un lugar
impresionante. La mayoría de los internos tenían entre 15 y 18 años. El lugar era
chico y estaban 300 internos, casi todos tras las rejas y por Pabellón. Salían al
recreo sólo 15 minutos por Pabellón; los guardias les pegaban si no regresaban
rápido a sus celdas después de haber jugado un partido de fútbol. No comían, ya
que la comida era un desastre. Sin embargo, si las visitas dejaban un poco de dinero
35
Cfr. expediente de declaraciones escritas aportadas por el Estado, la Comisión Interamericana y
las representantes de las presuntas víctimas, tomo I, folios 264-289.