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del propio Estado. Democracia no implica tolerancia o lenidad frente a conductas
ilícitas, pero demanda racionalidad. A esto se refieren, en esencia, las restricciones
generales y especiales previstas por la Convención Americana: aquéllas, en los
artículos 30 y 32.2; éstas, en preceptos referentes a ciertos derechos y libertades,
entre los que figura el artículo 13.
11.
No es posible ignorar que en el mundo moderno han aparecido y crecido --al
lado de los poderes formales, e incluso por encima de éstos-- determinados poderes
fácticos que pueden tener o tienen efectos tan devastadores sobre los bienes y
derechos de los individuos como los que alcanzaría la acción directa del poder público
en el sentido tradicional de la expresión. De ahí el giro que ha tomado el análisis de los
sujetos obligados por los valores y principios constitucionales, también trasladados,
con formas propias, a la escena internacional: vinculan a todas las personas, públicas o
privadas, porque son condiciones para la vida misma y la calidad de la vida de todos
los ciudadanos, que deben quedar a salvo, por igual, de poderes formales o informales,
individuales o colectivos.
12.
A propósito del punto que mencioné en el párrafo anterior, cabe observar que el
tema del amparo internacional horizontal se halla pendiente de mayor examen por
parte de la Corte Interamericana, pero ésta ya ha establecido, con entera claridad, que
concierne al Estado velar por el imperio de los derechos humanos en el desarrollo de
las relaciones sociales entre particulares, y que no hacerlo entraña inobservancia de
derechos individuales, violación de deberes públicos y responsabilidad internacional del
Estado por la omisión en que incurre con respecto a su función de garante frente a las
personas que se hallan bajo su jurisdicción, conforme al artículo 1.1 de la Convención
Americana.
13.
Resulta atractivo avanzar en el análisis de estas cuestiones, tan destacadas en
nuestros días, frente al repliegue del poder político, que se quiere justificar bajo la idea
de retirar al Estado poderes excesivos, que debieran hallarse en manos de la sociedad,
pero entraña el gravísimo peligro --cuyas aplicaciones están a la vista-- de restar al
mismo tiempo deberes estatales, con la consecuente mengua de derechos (efectivos)
de quienes no pueden resistir por sí mismos la fuerza del mercado y el vigor de los
poderes fácticos. Ahora bien, considero que el caso Kimel no constituye el espacio
natural para el tratamiento de este tema --cuya importancia reconozco--, porque en
aquél no se plantea el ejercicio de poderes fácticos imperiosos sobre los derechos e
intereses de un ser humano, sino el despliegue de acciones públicas formales del
Estado a través de las potestades persecutorias y jurisdiccionales.
14.
En el caso Kimel, el propio Estado ha admitido que fue excesivo o inmoderado
el uso de la vía penal para sancionar al autor de la obra en la que figuran
determinadas apreciaciones sobre el desempeño de un funcionario judicial. En efecto,
manifestó que “la aplicación de una sanción penal al señor Eduardo Gabriel Kimel
constituyó una violación de su derecho a la libertad de expresión consagrado por el
artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos” (párr. 18 de la
Sentencia en el caso Kimel). Esa admisión por parte del Estado (que no excluye el
análisis y la apreciación a cargo de la Corte en torno a los hechos que se le presentan,
como procede hacerlo conforme a las características y objetivos del enjuiciamiento
internacional sobre derechos humanos, donde el principio de dispositividad sustantivo
o procesal no frena la función jurisdiccional, cuyo impulso obedece a razones de
interés público), favorece la decisión judicial internacional, tanto en lo que respecta a
la existencia de una violación de derechos individuales como en lo que toca a la